lunes, 9 de julio de 2012
¡A dónde vamos?
La revolución puede desencadenarse por un incidente menor en la plaza de un pueblo remoto, puede coronar el esfuerzo constructivo y organizativo de décadas, puede brotar de una grieta súbita que aparece en la fachada del poder. No es posible prever qué sector social o demográfico se pondrá a la cabeza de una revolución. A veces se abre paso a sangre y fuego, o por la fuerza, pero casi sin sangre, o por medio de las urnas o del abuso de ellas.
Alguien que no quiero o no puedo recordar, dijo hace unos años que gracias al poder de la comunicación y la transmisión no harán falta las revoluciones armadas y que en la circunstancia actual estamos ante el arma más poderosa que haya existido, que es la comunicación.
Nuestra principal preocupación debe ser, el crear la conciencia, cuasi escondida ya en la mente de nuestros hombres nacionales en armas (soldados, marinos, policías de todo tipo), la conciencia inequívoca de que ellos también son pueblo, que ahí nacieron y su función primaria es defendernos como nación y que la nación la hacemos todos y cada uno de nosotros, quienes fomentamos su existencia y pagamos sus gastos de preparación, su armamento y su entrenamiento. Que somos nosotros los que pagamos su salario y prestaciones y que ante todo, son ellos los que nos deben defender de la tiranía y el abuso de poder, porque LA NACION SOMOS TODOS NOSOTROS, EL PUEBLO.
Los hombres en las armas de mi país son parte de la causa de nuestro pueblo y al mismo tiempo son la consecuencia que la historia nos señala, tienen un origen emanado de las necesidades del pueblo que busca preservar su propia seguridad. Los mismos que, a pesar de ser miembros estructurados en nuestra misma sociedad, que nos abriga a todos por igual; estos soldados, por sus funciones se yerguen al frente, como centinelas de nuestra heredad, velando por nuestro sistema de vida, por nuestro suelo, por nuestras vidas, dispuestos a todo por la patria. ¿Y quiénes son estos hombres y mujeres?, pues sencillamente son parte del pueblo mismo con las armas en la mano, pero que al ponerse el uniforme de la patria, comienzan a vivir una dualidad inseparable, que solo se comprende si se vive dentro de un uniforme. Ya que las circunstancias nacionales los han colocado a las órdenes del gobierno en turno.
Para provocar una revolución no bastan ni las malas condiciones de vida ni la existencia de un régimen opresivo. Se requiere de información que desemboque en una toma de conciencia. Y se necesita un ingrediente más: la provocación insoportable desde el poder, la gota que derrama el vaso de la paciencia social; el poder es el que provoca la revolución. Desde luego, no lo hace conscientemente. Y, sin embargo, su estilo de vida y su manera de gobernar acaban convirtiéndose en una provocación. Esto sucede cuando entre la élite se consolida la sensación de impunidad. Lo que esa provocación inesperada consigue es que el poder de la indignación del pueblo, supere la capacidad de contención del miedo y la gente se decida a enfrentar al poder en cualquiera de sus caras: la policial, que reparte garrotazos; la mediática, que descalifica, abruma y condena a los opositores al escarnio, al ridículo y a la marginalidad o la corruptora, que otorga becas y despensas.
Y es eso precisamente lo que está pasando en mi México querido, en este país de mil lenguas y dos mil culturas, es aquí donde se han aglutinado de golpe todas esas circunstancias. México ya no soporta más engaños, no soporta más malicia electorera, ni más mentiras mediáticas, ni soportará una imposición presidencial fundada en la mentira, el encubrimiento y el engaño. Sólo los pobres más pobres están resignados a la miseria; los que nos precipitamos a ella o los que ya vamos llegando, somos más cultos y educados que los paupérrimos de México, solo son ellos, los que tampoco tienen sus tres libros que les marcaron la vida, pero a cambio si tienen las tres tragedias de la pobreza, el hambre y la muerte o a enfermedad, sólo son ellos los que aceptaron una tarjeta de Soriana, con la que solventarán el hambre atrasada de uno o dos días, a cambio de cruzar los colores de la patria, el verde, el blanco y el rojo. A cambio de su libertad, a tener un trabajo pagado dignamente, a cambio de ser tratados con respeto y no con la humillación desde hace ya 83 años.
Todos los libros dedicados a las revoluciones empiezan por un capítulo que trata de la podredumbre de un poder a punto de caer o de la miseria y los sufrimientos de un pueblo. Y, sin embargo, deberían comenzar por uno sobre el aspecto sicológico de cómo un hombre angustiado y asustado de pronto vence su miedo y deja de temer. Ello es así porque ningún régimen opresivo puede sostenerse, a mediano o largo plazo, por la fuerza de las armas. Su principal mecanismo de poder –además de la información y la comunicación–, no son las armas, sino el miedo a ellas y a los instrumentos judiciales y policiales. Y no lo olviden, un militar consciente de su condición de pueblo es muy importante para preservar la paz y las vida de todo el pueblo. Pero no olvidemos que a las gentes en las armas la adoctrinarán para atacar al pueblo y defender sus intereses y su ansia de más poder.
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